Yo creo que lloramos al momento de
nacer porque estamos solos por primera vez. Porque en esa pancita calentita estábamos re
tranquilos, y el obstetra, como los amigos cuando uno crece, nos obliga a
salir. Ahí comienza todo. Nos agarran del brazo, de la pierna o del culo y nos
sacan a la fuerza. Nos obligan a ser huérfanos de la comodidad. Luego crecemos y nos
fuerzan a salir de nuestra cama para ir al colegio. Luego la vida nos obliga a salir
de la cama para trabajar. ¿No entienden que odiamos salir de nuestra casa, de
nuestra habitación? No sé de qué mundo hablan cuando se refieren a todo aquello
que se encuentra del otro lado de estas cuatro paredes si a mi cama la he
convertido en una segunda placenta y al universo en mi habitación. Nos
adueñamos de objetos como tazas o de esa silla que esta junto a la mesa. No
queremos que nadie nos saque del lugar que nos pertenece. Nos aferramos a las
personas que queremos como si nos encontráramos dentro de sus úteros. Por eso
nos duele abandonar lugares o personas que nos supieron cobijar. Por eso lloramos, porque
no nos gusta que nos molesten, porque queremos pertenecer. Que paja llorar ¿no?
pero sobre todo, que paja existir.