Ella abrió sus ojos y lo vio irse.
Nuestras miradas, ambiguas, oscilaban entre no entender
qué estaba pasando y comprendiendo absolutamente todo. Me estaba yendo y ese
beso de hace apenas segundos atrás sería el último. Ahora me encontraba bajando
por las escaleras de la boca del subte y mientras lo hacía aun podía sentir su
mirada sobre mi espalda y el dolor sobre mi pecho. Me dolía alejarme del único
ser que más amé y con quien más me sentí querido en la vida. ¿Adónde
ir si el único lugar en el que quiero estar es junto a ella?
A veces siento que todavía me encuentro en esa boca de
subte, bajando por esas eternas escaleras que me llevan a ningún lado. Siento
que por más que hayan pasado meses sigo varado en ese lugar, en el subsuelo de
una realidad que se encuentra allá arriba, con ella siguiendo con su vida pero
sin mí. Y yo acá, en esta estación subterránea rodeado de desconocidos que tampoco
saben hacia dónde ir, temerosos —como yo — de la vida, de no animarse a ver qué
hay más allá, en la superficie, donde mi vulnerabilidad se hace más evidente, en
donde el viento y la vida golpea con más fuerza y en donde sólo se encuentran aquellos
que están dispuestos a arriesgar su vida con tal de volverse a enamorar.
Y yo me puedo hacer el romántico y escribirte mil cosas lindas
pero de qué me sirve si lo que quiero es olvidarte. Y es que no sé por qué me
torturo recordándote. Y es que ya no sé cómo decirte adiós.
Él la miró por última vez y al besarla cerró sus ojos. Acababan
de darse el que sería su último beso. Entonces él derramó dolor entre sus
lágrimas. Lágrimas que tenía ocultas entre sus párpados y que al abrirlos dejó
ir. ¿Cuantos mundos se pueden construir y destruir en un segundo, eh? ¿Cuántos?
Él se dio media vuelta, se dirigió hacia la boca del subte y comenzó a
descender por las escaleras.
Ella abrió sus ojos y lo vio irse.
Irse para nunca más volverse a ver.
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