Me deshice del cadáver y de toda la sangre derramada sobre
mis manos. Ya recostado sobre el sofá, aseado, me dispuse a escribir en la
mismísima escena del crimen. Cinco palabras y de pronto un sonido que,
resonando a lo lejos, llama mi atención. ¿Vendrá alguien a vengar su muerte?
Mis sentidos se hacen eco de mis temores. Mi oído se agudiza y ese singular
sonido me anuncia su proximidad. ¿Cómo no me di cuenta? ¡El dióxido de carbono
había revelado mi posición! Me reconforta saber que quien -finalmente- viene lo
hace solo y que este incesante sonido, ahora envolvente, continúa revelándome
qué tan cerca se encuentra de mí. Su presencia era inminente. Debía prepararme.
Me atrincheré en un rincón de la habitación y esperé. ¿Será su hermano, su
padre, su amante? Quienquiera que sea sabe quién soy, sabe dónde encontrarme y
tiene sed de venganza, de sangre. Sangre que no estoy dispuesto a ceder sin
luchar. Entonces lo vi, a pasos de mí, errante. Sucedió en segundos. Me
precipité sobre él y mis manos rodearon su cuerpo que, sin oponer resistencia,
yace ahora sobre la alfombra, inerte. Otra vez mis manos con sangre. Otra vez
tener que deshacerme de un cuerpo y asearme para recostarme a escribir. No era
ni medianoche y para entonces sólo contaba con una certeza. Que placer me dio
acabar con las miserables vidas de esos dos Aedes Aegypti’s de mierda.
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