viernes, 9 de enero de 2015

La lectura como castigo

Lo único que saben hacer los niños es correr, gritar, romper cosas y pelear. Éramos niños, mi hermano y yo, 11 y 7 años respectivamente; y esa tarde no fuimos la excepción. ¿Que qué pasó? Nos pusimos a pelear delante de las visitas. Las "visitas" eran un matrimonio amigo de mis viejos. Desde el momento en que dejáramos de pelear y hasta que los invitados se retiraran de nuestra casa, sabíamos que gozábamos de inmunidad diplomática. Pero en cuanto las visitas parecían irse ahí comenzaba nuestro verdadero temor y profundo arrepentimiento. Se nos venía la noche. Una larga despedida en la puerta, el “yo les dije que se tenían que portar bien” generador de culpa de nuestra madre y la calma previa a la tormenta... y entonces, lo peor, la voz de mi padre, la frase que lo cambiaría todo.

-¡David, Daniel...! agarren la biblia y siéntense acá que vamos a leer.

Era mi padre quien se encargaba de castigarnos. Él nos castigaba de dos formas: o nos fajaba con un cinto o nos mandaba a leer la biblia. Y en voz alta. Así fue cómo aprendí a leer, como castigo. Así fue cómo aprendí a leer, gracias a portarme mal.

Nos obligaba a sentarnos en los sillones del living. Ahí es donde nos alternábamos para leer sistemáticamente un capitulo cada uno. Uno tras de otro durante horas. La duración de la lectura variaba de acuerdo a qué tan mal -según él- nos habíamos portado. Cuanto más mal nos habíamos comportado, más dura era la condena. Casi siempre duraba entre una hora y hora y media, a veces se extendía a dos. Aunque una vez nos tuvo cuatro horas leyendo.

Otro día, otro matrimonio amigo de mis viejos nos había visitado, y junto a ellos su hijo, un niño un tanto más pequeño que nosotros. ¿A qué persona normal se le podía ocurrir permitir que nosotros, salvajes animales, jugáramos con el pequeño e inofensivo niñito? Esa tarde el nene se lastimó y terminó con la rodilla llena de sangre. La sentencia vendría luego de que se marcharan. La voz de mi viejo era la voz como de un Rey condenando a muerte pero no a un esclavo sino a sus propios hijos. Esa vez no hubo lectura. Ese día no leímos los asombrosos milagros de Jesús. Esa tarde hubo cinto.

Terminé envidiando mucho a los de mi edad porque mientras ellos leían “El Gato con Botas”, “El Principito”, o a ese tal “Harry Potter” que luego sería un éxito mundial, yo me tenía que conformar leyendo cómo David se convertía en Rey matando a Goliat de un piedrazo. Pero no me quejo, porque contemporáneamente yo leía las primeras poesías de mi vida… 1 Corintios 13:7 dice “(El amor) todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Ni a Neruda se le hubiera ocurrido algo tan lindo como eso. El Apóstol Pablo, autor de esas palabras, seguro tenía el re levante. También leí sobre un mundo distópico donde las calles eran de oro y el mar de cristal, porque así se lo describe al paraíso. En la biblia descubrí mi morbosidad. Porque además de eso leí historias dramáticas y bélicas, cargadas de sangre, como la de Caín asesinando a su hermano por celos, o la de Eleazar matando a tantos filisteos que su espada quedaría pegada a su mano, o la de esas dos mujeres que en la necesidad de continuar con el linaje de su padre, embriagaron al mismo y terminaron acostándose con él. Una noche cada una y así hasta que finalmente ambas quedaron embarazadas. Que hermosa literatura para niños.


Si no fuera porque me porté mal cuando era chico hoy no sabría leer bien. Y por ende no tendría esta historia para contar. Aguante ser niño, correr, gritar, romper cosas y pelear. Aguante equivocarse y aprender porque de eso se trata. Al fin y al cabo si el slogan del jabón en polvo "Ala" dice "porque ensuciarse hace bien", entonces es muy probable que portarse mal también lo sea.

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