Lo único que saben hacer los niños es correr, gritar,
romper cosas y pelear. Éramos niños, mi hermano y yo, 11 y 7 años
respectivamente; y esa tarde no fuimos la excepción. ¿Que qué pasó? Nos pusimos
a pelear delante de las visitas. Las "visitas" eran un matrimonio amigo de mis
viejos. Desde el momento en que dejáramos de pelear y hasta que los invitados se
retiraran de nuestra casa, sabíamos que gozábamos de inmunidad diplomática.
Pero en cuanto las visitas parecían irse ahí comenzaba nuestro verdadero temor y
profundo arrepentimiento. Se nos venía la noche. Una larga despedida en la
puerta, el “yo les dije que se tenían que portar bien” generador de culpa de
nuestra madre y la calma previa a la tormenta... y entonces, lo peor, la voz de
mi padre, la frase que lo cambiaría todo.
-¡David, Daniel...! agarren la biblia y siéntense acá que
vamos a leer.
Era mi padre quien se encargaba de castigarnos. Él nos
castigaba de dos formas: o nos fajaba con un cinto o nos mandaba a leer la
biblia. Y en voz alta. Así fue cómo aprendí a leer, como castigo. Así fue cómo
aprendí a leer, gracias a portarme mal.
Nos obligaba a sentarnos en los sillones del living. Ahí es
donde nos alternábamos para leer sistemáticamente un
capitulo cada uno. Uno tras de otro durante horas. La duración de la lectura variaba
de acuerdo a qué tan mal -según él- nos habíamos portado. Cuanto más mal nos habíamos comportado, más dura era la condena. Casi siempre duraba entre una
hora y hora y media, a veces se extendía a dos. Aunque una vez nos tuvo cuatro
horas leyendo.
Otro día, otro matrimonio amigo de mis viejos nos había
visitado, y junto a ellos su hijo, un niño un tanto más pequeño que
nosotros. ¿A qué persona normal se le podía ocurrir permitir que nosotros,
salvajes animales, jugáramos con el pequeño e inofensivo niñito? Esa tarde el
nene se lastimó y terminó con la rodilla llena de sangre. La sentencia vendría luego de que se marcharan. La voz de mi viejo era la voz como de un Rey
condenando a muerte pero no a un esclavo sino a sus propios hijos. Esa vez no
hubo lectura. Ese día no leímos los asombrosos milagros de Jesús. Esa tarde
hubo cinto.
Terminé envidiando mucho a los de mi edad porque mientras
ellos leían “El Gato con Botas”, “El Principito”, o a ese tal “Harry Potter”
que luego sería un éxito mundial, yo me tenía que conformar leyendo cómo David
se convertía en Rey matando a Goliat de un piedrazo. Pero no me quejo, porque
contemporáneamente yo leía las primeras poesías de mi vida… 1 Corintios 13:7
dice “(El amor) todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
Ni a Neruda se le hubiera ocurrido algo tan lindo como eso. El Apóstol Pablo,
autor de esas palabras, seguro tenía el re levante. También leí sobre un mundo
distópico donde las calles eran de oro y el mar de cristal, porque así se lo
describe al paraíso. En la biblia descubrí mi morbosidad. Porque además de eso
leí historias dramáticas y bélicas, cargadas de sangre, como la de Caín
asesinando a su hermano por celos, o la de Eleazar matando a tantos filisteos que
su espada quedaría pegada a su mano, o la de esas dos mujeres que en la
necesidad de continuar con el linaje de su padre, embriagaron al mismo y
terminaron acostándose con él. Una noche cada una y así hasta que finalmente
ambas quedaron embarazadas. Que hermosa literatura para niños.
Si no fuera porque me porté mal cuando era chico hoy no sabría
leer bien. Y por ende no tendría esta historia para contar. Aguante ser niño, correr, gritar, romper cosas y pelear. Aguante equivocarse y aprender porque de
eso se trata. Al fin y al cabo si el slogan del jabón en polvo "Ala"
dice "porque ensuciarse hace bien", entonces es muy probable que
portarse mal también lo sea.
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